En el tranquilo pueblo de Sombraluz, vivía un niño llamado Skuglyos, un alma curiosa y valiente. Skuglyos poseía un paraguas peculiar, blanco y negro con un signo de interrogación en su punta, un símbolo de su incesante búsqueda de respuestas. Un día, mientras paseaba por el parque, Skuglyos notó una sombra inusual, una sombra que parecía tener vida propia, que se movía con una gracia misteriosa, invitándolo a seguirla.
Sin dudarlo, Skuglyos desplegó su paraguas y se aventuró tras la sombra. El camino lo llevó a través de senderos ocultos, bosques encantados y ríos cristalinos. La sombra danzaba delante de él, como un faro en la oscuridad, guiándolo hacia un destino desconocido.
Mientras Skuglyos seguía la sombra, tres niños, Skugraen, Skugrar y Myrkur, observaban desde la distancia. Estos niños, conocidos por su amor a la oscuridad y su fascinación por lo desconocido, se sintieron atraídos por la curiosidad de Skuglyos y decidieron seguirlo en su viaje.
La sombra llevó a los cuatro niños a la base de la Montaña de la Gran Tortuga, una imponente formación rocosa que se alzaba hacia el cielo. La montaña tenía la forma de una tortuga gigante, con su caparazón cubierto de musgo y sus patas enterradas en la tierra.
Juntos, los niños comenzaron a ascender la montaña, siguiendo el rastro de la sombra. El camino era empinado y peligroso, pero los niños estaban decididos a descubrir el secreto que la sombra guardaba.
Finalmente, llegaron a la cima de la montaña, donde se encontraron con un precipicio que se extendía hacia el infinito. La sombra se detuvo al borde del abismo, como si esperara a que los niños la alcanzaran.
Con valentía, Skuglyos se acercó al borde del precipicio, seguido por sus amigos. La sombra se desvaneció en el aire, dejando a los niños solos frente al abismo.
Durante un momento, los niños se quedaron paralizados, sin saber qué hacer. Pero entonces, sintieron una brisa cálida que los envolvió, y sus cuerpos comenzaron a elevarse.
Para su asombro, los niños descubrieron que podían volar. Sus cuerpos se movían con la ligereza de las plumas, y el viento los guiaba hacia adelante.
Flotando en el aire, los niños vieron una puerta celestial que se abría ante ellos, una puerta hecha de luz y estrellas. La puerta los invitaba a entrar, prometiéndoles un mundo de maravillas y conocimiento.
Sin dudarlo, los niños se lanzaron hacia la puerta, dejando atrás el mundo terrenal. Al cruzar el umbral, se encontraron en un reino de luz y armonía, donde los sueños se hacían realidad y los secretos del universo se revelaban.
Skuglyos y sus amigos habían seguido la sombra hasta el final de su viaje, y habían encontrado un tesoro mucho mayor de lo que jamás hubieran imaginado.
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